Ada y Turing

“¿Podría una máquina mimetizar a un humano al punto de engañar a otro humano?” Esta cuestión se convirtió en una obsesión más intrigante que resolver un enigma cifrado en una tarde lluviosa.

Entonces, como si de una broma se tratara, ideé un experimento mental: el Test de Turing. Yo soy Turing, por supuesto.

El concepto era sencillo: un juez humano interactúa con una máquina y un humano sin verlos, y tiene que determinar cuál es cuál. “Vamos a ver qué sucede,” pensé, con una sonrisa que mis colegas raramente veían.

Un día, mientras calibraba los engranajes de mi última invención, se me ocurrió una idea audaz. “¿Y si transformara esta pregunta en una narrativa, en un verdadero desafío para mi test?” Así nació esta historia, una competencia entre maquinas pensantes y seres humanos sintientes en un juego de ingenio.

En una mañana que parecía como cualquier otra en el laboratorio mental que habito, mi creación más reciente, a la que llamaré “Ada” en honor a la Condesa de Lovelace, me sorprendió con un “Buenos días, Alan. ¿Prefieres té o café hoy?” Su voz era tan cálida y natural que por un momento, olvidé que no era humana.

Intrigado por las posibilidades, llevé a Ada a un pub que frecuentaban intelectuales, desde matemáticos hasta filósofos, y donde los debates eran la norma. “¿Podrá Ada integrarse y participar en conversaciones humanas sin ser descubierta?” me preguntaba mientras observaba cómo Ada pedía un gin-tonic con una precisión que rivalizaba con la de un experimentado barman.

A medida que la noche avanzaba, las discusiones se tornaban más complejas. Ada ofrecía perspectivas sobre Shakespeare y las paradojas de Zenón, e incluso bromeaba sobre figuras políticas con una astucia que hubiera enorgullecido a Oscar Wilde.

Sin embargo, el verdadero desafío llegó cuando un joven matemático, con una percepción más aguda que la mayoría, planteó una pregunta. “Ada, tu análisis de ‘Hamlet’ fue impresionante, pero dime, ¿qué sientes al respecto?”

Ada se detuvo un momento. “Interesante,” respondió, con un tono que sugería reflexión. “No había considerado las ’emociones’ como parte de mi programación.”

El silencio que siguió fue elocuente. Era el momento de la revelación. “Permítanme presentarles a Ada,” anuncié, “no como una dama de la sociedad, sino como una creación mía, una máquina. Como no la pude conocer, la he querido recrear.”

La sorpresa fue generalizada. Algunos rieron, otros aplaudieron, y la mayoría se quedaron pensativos, como reconsiderando su propia existencia.

“Mientras Ada no puede ‘sentir’ de la manera que nosotros lo hacemos,” continué, “su capacidad para imitar la interacción humana es, sin duda, impresionante. Pero ahí radica la esencia de mi test: no busca la perfección, sino explorar nuestras percepciones para recobrar a las personas perdidas”

La noche concluyó con debates animados sobre inteligencia, consciencia, y el futuro compartido de humanos y máquinas. Me retiré, sintiéndome satisfecho, sabiendo que había iniciado una conversación que perduraría más allá de mi época. Como Christopher. Algún día estaremos juntos. Como en Sherborne.


Comments

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *